Sin embargo, el nivel de ingresos o de educación no son los únicos detonantes de la exclusión social. Ante el avance imparable de la digitalización emerge un nuevo condicionante: el fenómeno de la brecha digital que, tras la pandemia, ha ganado especial visibilidad pública ante la evidencia de que no todos los colectivos, pueden acceder a los avances y oportunidades que conlleva la vida digital. Abordar esta nueva modalidad de desigualdad resulta ciertamente complejo, pero no podemos permitirnos como sociedad dejar a nadie atrás, independientemente de su edad, nivel socioeconómico o acceso a la tecnología.
Tampoco podemos pasar por alto el reto que representa para nuestra sociedad el envejecimiento de nuestra población, de las más longevas de Europa, y sus implicaciones en el modelo asistencial de las entidades del Tercer Sector. Claramente nos encaminamos hacia una sociedad en la que la atención a nuestros mayores será una prioridad ineludible y exigirá mayor sensibilidad y compromiso moral.
Ante estos desafíos, las organizaciones del Tercer Sector se han convertido en los últimos años en un actor esencial y, de facto, un complemento indispensable del estado de bienestar. Entre estas entidades, no podemos olvidar las fundaciones asociadas a CECA que desde 2014 aseguran la continuidad histórica de la Obra Social anteriormente desarrollada por las cajas de ahorros. Con una inversión cercana a los 6.800 millones, la Obra Social se ha situado, en la última década, como el mayor inversor social privado de nuestro país llegando gracias a su capilaridad y arraigo territorial a más de 286 millones de beneficiarios en términos agregado. En este tiempo además los programas se han ido adaptando a las nuevas necesidades de los colectivos asistidos incorporando por ejemplo iniciativas de alfabetización digital o reforzando las orientadas al acompañamiento de las personas mayores y la promoción del envejecimiento activo o priorizando la protección de la infancia.
No podíamos concluir esta breve reflexión sobre la labor asistencial que desempeñan las entidades del Tercer Sector entre bambalinas sin un reconocimiento explícito al espíritu colaborador que las caracteriza y que se conmemoró en el Día Nacional del Tercer Sector. Uniendo fuerzas, compartiendo recursos y conocimiento, tejiendo redes de apoyo y voluntariado, colaborando con múltiples sectores, entes públicos y privados estas organizaciones nos recuerdan que juntos podemos lograr un impacto mucho mayor y que son la generosidad y la cooperación, y no la competencia, los pilares sobre los que puede construirse una sociedad más justa y compasiva. Su ejemplo nos inspira y nos muestra que el camino hacia un futuro más prometedor depende de nuestra capacidad para trabajar en conjunto en beneficio de todos.